Más Poemas para Galatea

Esta pequeña colección contiene los últimos poemas escritos a Galatea. La serie comienza con un poema escrito a partir de nuestro reencuentro. Paradójicamente, durante esta nueva etapa nuestras vivencias fueron mucho más profundas pero dejaron pocos poemas. Pareciera que nuestro amor de juventud sobreabundó de vivencias internas que compensaron por nuestro amor frustrado. Al reencontrarnos, la brutalidad del amor real resquebrajó toda lírica.

Translations for these poems will come in a separate post.

ÍnDice

  1. Galatea en el Canto de los Canarios
  2. El Amor de tu Boca
  3. Bebé III
  4. Despedida
  5. Epílogo

Galatea en el Canto de los Canarios

El sol de mediodía
abriga un quinteto
que descalzo lleva su melodía
entre las malvas y azucenas;
un polluelo llegado al jardín
como un niño que ríe
vuelve al sol las perlas de la inocencia;
suba con su brillo una plegaria
por el amor que tejido al viento
nos arropa en otro canto.

EL Amor de tu Boca

Agua al agua de tu boca
fuente a la fuente
de una punta a otra,
que se torna herida
para tornarse en flecha,
como hendir un pozo
para abrevarse en leche,
sed del fuego que se sacia
en la hondura de tu boca,
en un vaivén de espuma
y de granada.

Bebé III

Bebé
intentaré otra vez
el lado amable
un aliento más
desahogado en llanto
un anhelo otra vez nacido
la cuna del dilema
que oculta tu sonrisa
hoguera de angustia y de carmín
el lado amable
de una vida entera
y en tu pecho escaso
transparente
dos hadas gemelas
que hunden su encanto
un nido de agua
naufragio de miradas
una verdad se ahoga
mientras yo intento mirar
el lado amable
y lo que no soy
sexa con lo que puedo ser
mientras se abre en mi
el otro lado de la vida
el lado amable

Despedida

Deja que la lluvia corra por tus oídos
y traigan el murmullo de la media luna
que se esconde detrás de tus tristezas,
deja que esos finos besos te devuelvan
el hambre insaciable del gozo,
que cuando se ha llorado lo suficiente
la pena llora mientras engulle sus manos.

Mira los bordes dorados que deja la lluvia
bajo los faros de esta bestia insomne,
y toma ese efímero oro en la cuchara del sueño,
quémalo en un rayo y bébelo caliente,
para que al alba yo pueda ir a tus labios
y ser el colibrí de tus silencios,
iluminados por aquel denso néctar
de aquella noche de melancolía bajo la lluvia.

Porque no quiero que se agote la noche
hasta que haya llovido en tu lecho
y pequeñas perlas fulguren roncando
sobre tu apacible rostro eclipsado
y que con cada marejada me sonría tu cuerpo
mientras tu alma se pasea entre querubines
y que toda tú seas una calma trigueña
alborozada por el caldo incontenible
llevado a ti en una ausente cuchara.

Así cuando la desgracia llegue humedecida
y la noche queme el frescor de día,
y tu sangrante lengua seca y corrupta
maldiga el acérrimo día que te dio la vida,
cuando anudes los toscos hilos en tu garganta,
cuando las víboras te hayan comido los dedos
y el infinito te espere abierto de fauces,
recuerda entre filosas lágrimas
el entramado áureo de esa lejana noche,
y devuelve la servidumbre a las fieras
mezclando tu ácido aliento con la miel
que una vez libé en la flor de tu boca.

Como un gorrión que
—prematuro—
deja el nido
y al aire olvida sus plumas
en el pavimento escurren
los últimos versos
que jamás te escribiré.

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